Ni nuevo ni viejo: escribir para vivir en paz

Entre las frases “no hay nada nuevo bajo el sol” y “mañana será otro día” se esconde una verdad más profunda: que nada es novedad o repetición absoluta. Esto es especialmente cierto en educación, tan proclive a las modas, por un lado, y a la resistencia al cambio, por el otro.

Un ejemplo radica en la forma en que enseñamos a escribir, leer, hablar y pensar a nuestros estudiantes universitarios. Uno de los urgentes objetivos de dicha formación plantea la necesidad, surgida de la democracia moderna, de que los ciudadanos sean capaces de comunicarse con efectividad y respeto ante visiones conflictivas, para preservar la paz. Parece que, por un lado, estamos viviendo un nuevo día, en el cual los inventos de las tecnologías de información y comunicación ofrecen posibilidades nunca antes imaginadas para interactuar. Piense en chats, whatsapps, correos electrónicos, videollamadas… Pero por el otro, es posible darse cuenta de que esto es una preocupación histórica: en la Grecia antigua ya reflexionaban sobre este importante problema de política y ciudadanía.

Aristóteles, el padre de la retórica, entendió la persuasión en cinco partes: invención, disposición, estilo, memoria y acción. El filósofo por antonomasia enfocó estas habilidades en el discurso hablado, que era el vehículo de la acción política en la Grecia clásica; ahora, la nueva retórica busca aplicar estos métodos a nuestra forma moderna de la persuasión: la escritura digital, que es la que se practica en internet, nuestra polis vigente.

Al escribidor de estas líneas, responsable de uno de estos esfuerzos formativos, le preocupa mucho la paradójica situación actual: nunca antes había sido tan fácil comunicar algo, al mismo tiempo que persisten enormes problemas para hacerlo. Además, las y los jóvenes nunca habían escrito tanto como ahora; sin embargo, las quejas de los adultos acerca de los problemas de escritura del estudiantado siguen siendo abundantes y ansiosas. Y entre los problemas retóricos a los que se enfrentan los estudiantes, el de la creatividad (la invención aristotélica) es quizá el más importante: los retos de la pantalla en blanco, encontrar qué decir frente a la solicitud de un trabajo académico.

Las razones más importantes —según Irene Clark, profesora de la Universidad Estatal de California— por las que los estudiantes tienen dificultad para la creatividad radican en dos situaciones prevenibles: no entienden lo que se les pide y tienen el hábito de dejar las tareas para el último momento. Si el amable lector de estas líneas quiere auxiliar a un estudiante cercano, lo puede hacer fácilmente: ayúdele a comprender la importancia de leer y comentar las instrucciones de sus trabajos escritos antes de iniciar; también, amablemente enfréntelo al vicio de la procrastinación, el dejar la tarea para mañana (que será, o no, un nuevo día). Quizá hasta Aristóteles empezaría por estas dos recomendaciones.

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