La sirena y el hombre lobo: el cerebro innovador
Casi cualquier persona sabe qué es una sirena o un hombre lobo. Esto es algo a la vez muy común y muy extraño. La razón es clara: ambos seres viven con comodidad en nuestras mentes, pero jamás han pisado nuestro mundo, ni chapoteando durante la marea baja o aullando a la luna llena, porque no existen. Son imaginarios, el producto de una de las funciones más interesantes que desarrolla nuestro cerebro, la de innovar. Son novedades existenciales: nuestra gran nuez en su caja de hueso es capaz de inventar seres. Y muchísimas otras cosas más.
Otro ejercicio: piense en los dos seres que intitulan este texto. Imagínelos a detalle, de manera particularmente concienzuda. ¿Cómo sucedió que usted fue capaz de ver, con el ojo interno de la mente, las escamas iridiscentes de la gran cola de pescado y los turgentes senos desnudos, o la cara peluda y armada con enormes caninos que brama su pasión por la diosa selenita? Lo más probable es que ha visto alguna representación gráfica de estos seres que no pueden ser. Un dibujo o una fotografía photoshopeada, por ejemplo. Si indagamos más a fondo, sin embargo, llegaremos a un punto en que tendremos que preguntarnos a quién se le pudo ocurrir por primera vez algo así, cuándo sucedió, y para qué. Buenas preguntas.
Elkhonon Goldberg, autor de El cerebro ejecutivo, entre otras obras relacionadas con las neurociencias cognitivas, sugiere que se trata del quehacer de una parte muy importante de nuestro cerebro, la corteza prefrontal. Esta interesantísima área neuronal, situada tras la frente y por encima de los ojos, se encarga de ‘manipular’ nuestras representaciones mentales, en un espacio virtual llamado memoria de trabajo o de corto plazo. Para poder hacerlo, primero debe tener acceso a otro gran almacén mental, la memoria de largo plazo, y así obtener su materia prima. Allí, por toda la corteza cerebral parietal, temporal y occipital, o sea a los lados de la cabeza, arriba, abajo y atrás, están guardados nuestros recuerdos más firmes y antiguos. Los de las imágenes de mujeres y hombres reales, por ejemplo; o de pescados y lobos, reales también.
Como sea que suceda, se tienen registros de este tipo de ‘manipulaciones’ mentales desde hace muchísimo tiempo, desde nuestra prehistoria. Basta con ver el Hombre-león (el Löwenmensch, en alemán), que es una bellísima escultura hecha en marfil de mamut, que tiene entre 35,000 y 40,000 años de antigüedad, y que representa, como su nombre indica, la figura mítica de un ser mitad humano y mitad felino. No es el único caso; también se pueden mencionar las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet, en Francia, de más o menos la misma antigüedad que el Hombre-león, en donde es posible ver un ser mitad mujer y mitad bisonte. Nuestra capacidad para crear es antiquísima. Debemos hacer lo posible por encontrar la manera de enseñarla y aprenderla. Nos urge, en verdad.
El prestigiado lingüista Noam Chomsky señaló hace tiempo una faceta de esta capacidad, una que es innata según él, y que puede generar una cantidad infinita de frases correctamente construidas, aunque éstas no tengan sentido. Reflexione un momento en esta oración: El piso de cuervos herpetológicos fermenta las medicinas francófonas y punzocortantes. Escuchar algo así pone a bailar a nuestra mente con un sabroso ritmo, loco y sincopado. Por un lado, parece no tener ningún sentido, un galimatías cantinflesco, pero por el otro nos llena de evocaciones, una característica singular de nuestra capacidad creativa y metafórica. Este intento de dar sentido a lo que no lo tiene impulsa a nuestro sistema nervioso a llenar de significado los huecos en nuestro conocimiento, a crear.
Otro ejercicio: piense en los dos seres que intitulan este texto. Imagínelos a detalle, de manera particularmente concienzuda. ¿Cómo sucedió que usted fue capaz de ver, con el ojo interno de la mente, las escamas iridiscentes de la gran cola de pescado y los turgentes senos desnudos, o la cara peluda y armada con enormes caninos que brama su pasión por la diosa selenita? Lo más probable es que ha visto alguna representación gráfica de estos seres que no pueden ser. Un dibujo o una fotografía photoshopeada, por ejemplo. Si indagamos más a fondo, sin embargo, llegaremos a un punto en que tendremos que preguntarnos a quién se le pudo ocurrir por primera vez algo así, cuándo sucedió, y para qué. Buenas preguntas.
Elkhonon Goldberg, autor de El cerebro ejecutivo, entre otras obras relacionadas con las neurociencias cognitivas, sugiere que se trata del quehacer de una parte muy importante de nuestro cerebro, la corteza prefrontal. Esta interesantísima área neuronal, situada tras la frente y por encima de los ojos, se encarga de ‘manipular’ nuestras representaciones mentales, en un espacio virtual llamado memoria de trabajo o de corto plazo. Para poder hacerlo, primero debe tener acceso a otro gran almacén mental, la memoria de largo plazo, y así obtener su materia prima. Allí, por toda la corteza cerebral parietal, temporal y occipital, o sea a los lados de la cabeza, arriba, abajo y atrás, están guardados nuestros recuerdos más firmes y antiguos. Los de las imágenes de mujeres y hombres reales, por ejemplo; o de pescados y lobos, reales también.
Para explicar la génesis de los seres imaginarios referidos, Goldberg sugiere dos mecanismos, a cual más de fascinantes. El primero propone que se hacen ‘copias neuronales’ de las imágenes del almacén de largo plazo, de una mujer desnuda y de un pescado, respectivamente, y que luego se ‘pegan’ y traslapan en la memoria de trabajo. El resultado, ¡lotería!, es una sirena. El otro mecanismo es muy parecido, pero en lugar de hacer copias lo que se propone es ‘conectar’ momentáneamente ambos recuerdos de largo plazo, el hombre y el lobo, con la corteza prefrontal y su memoria de trabajo, donde se fusionan. Cuando esto ocurre, obtenemos un peligroso y pasional licántropo.
Como sea que suceda, se tienen registros de este tipo de ‘manipulaciones’ mentales desde hace muchísimo tiempo, desde nuestra prehistoria. Basta con ver el Hombre-león (el Löwenmensch, en alemán), que es una bellísima escultura hecha en marfil de mamut, que tiene entre 35,000 y 40,000 años de antigüedad, y que representa, como su nombre indica, la figura mítica de un ser mitad humano y mitad felino. No es el único caso; también se pueden mencionar las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet, en Francia, de más o menos la misma antigüedad que el Hombre-león, en donde es posible ver un ser mitad mujer y mitad bisonte. Nuestra capacidad para crear es antiquísima. Debemos hacer lo posible por encontrar la manera de enseñarla y aprenderla. Nos urge, en verdad.
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