¿Estudiantes aislados?
¿Qué quieres aprender?, ¿qué
deseas hacer mejor?, ¿en qué eres bueno?, ¿qué sabes? Acostumbro
hacer estas preguntas a mis estudiantes. Las respuestas son asombrosas. Primero,
porque muchos jóvenes se sorprenden; no saben qué contestar. Segundo, porque
otros inmediatamente lo hacen, con respuestas propositivas y llenas de
entusiasmo. ¿Cuál es la diferencia entre ellos? Quizá el hecho de que
pertenezcan, o no, a una red de relaciones humanas que proteja al mismo tiempo
que motive a aprender y esforzarse.
Deseamos
estudiantes autónomos, responsables de su aprendizaje y capaces de colaborar en
la solución de problemas complejos. Esto no lo puede hacer ningún estudiante ni
profesor en el aislamiento: la responsabilidad del aprendizaje es colectiva. Lo
que buscamos, y tanto necesitamos, se llama comunidades de aprendizaje.
¿Qué
se necesita para formar una comunidad donde todos sientan, simultáneamente, comodidad
y desafío? Además de una fuerte dosis de
confianza, se requiere de rituales de pertenencia, recordatorios frecuentes de que
es posible crecer para tener éxito y un entorno que ayude a romper con la
apatía y la pasividad. Todo esto debe estar presente en la forma cotidiana de
pensar en la escuela.
Una
cultura escolar así es producto del aprecio y respeto mutuos. Muchas
investigaciones han demostrado que el buen desempeño académico está ligado a la
experiencia de confianza, producto del aprecio respetuoso. Estos valores son
fundamentales pero insuficientes: además es necesaria la expectativa de que la
calidad y profundidad académicas están al alcance de todos. Una atmósfera de
sana exigencia.
Afortunadamente,
los rituales de ingreso a las escuelas han dejado de ser violentos, como las
iniciaciones preparatorianas en que los estudiantes más antiguos rapaban o
maltrataban a los nuevos. Sin embargo, esto no quiere decir que las ceremonias
de ingreso deban desaparecer. Todo lo contrario, estos ritos disruptivos pueden
ser muy beneficiosos cuando promueven la construcción de relaciones solidarias,
respetuosas y amistosas con el estudiantado de grados superiores y con el
profesorado. Es necesario recuperarlos.
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