¿Estudiantes sin motor?
“Es necesario empoderar a los
estudiantes para que aprendan,” escuché decir a una pedagoga.
A pesar de estar de acuerdo con ella, el significado profundo de esa
observación me incomodó. Lo sentí como si un ingeniero automotriz declarara necesario
instalar motores en los vehículos. Lo insólito no radica en la urgencia de la
instalación de máquinas que posibiliten el movimiento sino en la interrogante
de por qué no contaban con él desde un principio, en el absurdo de haber tenido
estacionados vehículos incapaces de moverse.
¿Por
qué tenemos estudiantes sin motor? ¿Por qué muchos no son autónomos, líderes de
su propio aprendizaje? Estas preguntas cobran gran sentido cuando los observamos
en su vida diaria y nos damos cuenta de que todos poseen motores muy potentes,
pero que están apagados en la escuela. ¿Qué es lo que está pasando?
Desde
el estudiantado, el problema se llama aburrimiento. Antiguamente se solucionaba
etiquetándolo como una falla de carácter del estudiante. Una medida cómoda para
el docente y la institución: existe un culpable y no son ellos. El problema se
resolvía expulsando al aprendiz, lo que traicionaba el objetivo de
transformación implicado en la educación. Un autogol.
Ahora
sabemos que el aburrimiento estudiantil es una forma de ansiedad juvenil y que
está estrechamente relacionado con problemas de indisciplina, abandono de los estudios y percepciones de que la
educación formal no prepara para la vida real. Sabemos también que se aburren
por dos razones principales: porque no interactúan con sus docentes en
conversaciones académicas interesantes y porque el material de la clase es,
efectivamente, pesado como el plomo, por irrelevante en la vida presente y futura
del joven. Como puede leerse, se trata de un problema de la profesora y de su
institución, y no es una falla personal del estudiante.
Confucio
y John Dewey ya le habían dedicado atención a este problema. El gran sabio chino dijo que si me decían,
olvidaría; si me mostraban, recordaría; pero si hacía, entendería; y el
filósofo norteamericano de la educación sostenía la importancia de hacer para
aprender. Más claro ni el agua.
Lo
necesario es sencillo de entender y difícil de aplicar: diseñar actividades de
aprendizaje en las que los estudiantes tomen decisiones como líderes de su
propio aprendizaje. Para lograrlo, el profesor debe dejar de figurar como sabio
y dueño del escenario para convertirse en un acompañante experto al servicio
del aprendizaje de sus estudiantes. Finalmente, los propios estudiantes también
nos deben decir lo que desean para un futuro que difícilmente podemos imaginar
pero que ellos y ellas tendrán que vivir.
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