La educación de calidad: una red
La escuela no existe en el aislamiento
La
escuela funciona mejor cuando no se queda quieta. Está en su mejor momento cuando
tira sus muros, abre puertas y ventanas, mira con atención hacia afuera y deja
que la observen cuidadosamente desde allí; cuando sale al mundo real y deja que
éste ingrese a sus anchas a las aulas. Una buena escuela es todo lo contrario a
una torre de marfil, a un claustro de sabios y aprendices, a un coto cerrado
del conocimiento. En lugar de fronteras, tiende puentes amplios, de doble
sentido, con la realidad: la participación comunitaria y ciudadana, el trabajo
y el emprendimiento.
Una
gran cantidad de estudiantes deja sus estudios porque les parecen ajenos a su vida
actual y al mundo que quieren pertenecer en el futuro. Hay muchas investigaciones
educativas que han llegado a la misma conclusión: el abandono escolar (la mal
llamada deserción, no hablamos de soldados cobardes) está relacionado con el
hartazgo y el aburrimiento estudiantil. Ellos y ellas lo han dicho con todas
sus letras: “…lo que me enseñan no tiene
nada que ver con mis intereses ni con el mundo real…”.
La
solución se dice en unos segundos, pero no es fácil de llevar a la práctica. ¿Qué
es lo que la escuela debe hacer? Convertir al resto del mundo en su socio
educativo, en el más importante colaborador. Sobre todo, debe asociarse con
museos, empresas, corporaciones de alta tecnología, instituciones públicas,
medios de comunicación, organizaciones de la sociedad civil…
Cuando
estas colaboraciones se consolidan no solo ofrecen recursos de alta calidad al
estudiantado, medios que la escuela no puede disponer con facilidad, como
maquinaria industrial o laboratorios de alta especialización. Además, proveen
oportunidades para interactuar con la realidad en sus propios términos, lo que
el estudiantado percibe como retos importantes que lo entusiasman mucho.
No
es lo mismo estar en un salón de clases y hablar
de la organización de una empresa importante que estar activo dentro de la organización de una empresa importante,
para aprender de ella. La razón debe ser obvia: en el aula las y los
estudiantes se involucran a medias, conscientes de que todo es un simulacro; en
cambio, si la escuela tiene como socio a una empresa de este tipo que recibe a los
estudiantes, ellos perciben, correctamente, que están insertos en la realidad.
Cuando esto sucede, entienden, porque lo viven desde su aplicación productiva,
lo que han aprendido sobre tecnología, matemáticas, ciencias o humanidades.
Además, practican su pensamiento crítico y habilidades sociales. De manera
integrada, como un todo que tiene un claro sentido.
La
escuela debe liderar una red de importantes colaboradores. Una que les demuestre
directamente a las y los jóvenes, mucho más que explicarles, la importancia de
lo que aprenden. Desde la realidad misma, la que incluye necesariamente a la
escuela y a la que está debe siempre regresar.
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