El hemisferio cerebral creativo: mito genial

La ciencia es, indudablemente, muy poderosa. Nada avala tanto una opinión como el hecho de calificarla como científica. Sin embargo, las cuestiones de verdad en la ciencia son muy parsimoniosas. Esto quiere decir que en cuestiones científicas se tiene mucho cuidado para asegurar que algo es una verdad inobjetable y eterna, como ocurre a menudo en las bravatas verbales mediadas por café o tequila. Dicho sin ambages, si un asunto es tratado con ánimo verdaderamente científico los pies serán de plomo para asegurar que una idea es cierta. Recordemos que el filósofo de la ciencia Karl Popper propuso que lo único que realmente se puede hacer, científicamente hablando, es refutar algo, demostrar que es falso; jamás, que es cierto.

Por eso es tan curioso el caso de los mitos científicos, frase que parece un oxímoron, algo parecido a proponer un hielo caliente o una esfera cuadrada. Sin embargo, estos mitos existen. Uno de ellos tiene relación con un sabio que descansa recargado en un árbol y ver caer un fruto, lo que le produce una chispa mental de tal magnitud que en ese momento cranea la teoría de la gravedad: la famosa manzana newtoniana. La verdad es que don Isaac sí observó el fenómeno de la caída, pero hizo muchísimo más, como reflexionar matemáticamente durante más de veinte años para desarrollar su famosa teoría.

Otro mito científico tiene relación con el uso de esta palabra, teoría, como en la frase ‘teoría de la evolución’. Es mito popular creer que se trata de una propuesta meramente hipotética; esto es, una suposición que no tiene respaldo científico suficiente. La teoría de la evolución tiene tanto fundamento empírico como la teoría de la gravedad antes mencionada, la cual nadie en su sano juicio pone en duda. En ciencia una teoría no es una conjetura o creencia, como popularmente se cree, sino un conjunto de principios que explica fenómenos observables.

Es interesante reflexionar sobre el surgimiento de estos mitos y preguntarse cómo y por qué nacen. Quizá se deba a que el pensamiento científico debe cultivarse con esmero y que nuestra educación no logra desarrollarlo a plenitud. Si a esto se le suma el impacto periodístico de los grandes descubrimientos, como el hallazgo de la partícula atómica de Dios, otro mito encarnado en el nombre mismo, entonces nos podemos explicar las dos partes de la frase: lo de mito y lo de científico.

En cuestiones de creatividad y de innovación educativa hay un mito científico que se repite a menudo. Incluso, de forma muy bella. Si se ‘guglean’ las palabras ‘hemisferios cerebrales’, quien utilice el popular buscador de información digital se encontrará con imágenes netamente científicas, obtenidas de resonancias magnéticas, por ejemplo, reunidas con otras que son representaciones artísticas del mito referido: un hemisferio cerebral derecho y creativo, presentado divertidamente y a todo color, mientras que el otro, el hemisferio cerebral izquierdo, frío y calculador, es expuesto como una cuadrada y gris circuitería. Un mito que parece perdurar a pesar de los hallazgos neurobiológicos que lo refutan.

Es fácil detectar lo falaz: si se asegura que el hemisferio derecho es el asiento de la creatividad, mientras que el izquierdo se dedica a las matemáticas y el análisis, entonces nos quedamos sin explicación para la división del trabajo en los cerebros de chimpancés y otros primos nuestros, como los gorilas y los orangutanes, con quienes compartimos una enorme proporción de genes y cuyos cerebros funcionan de forma similar, pero que no cultivan el arte ni las ecuaciones. Sin embargo, sí hay indicios de cómo se generó este mito genial: algo hay de verdad en el mito.

Lo que se sabe de la división del trabajo en el cerebro es que el hemisferio derecho se ocupa de los objetos particulares, mientras que el izquierdo lo hace con las generalizaciones. Y esto es cierto en nosotros y en nuestros primos los simios. Por ejemplo, la primera vez que vemos un perro específico, ése con mechas largas y cola gacha, que nos ha pegado un enorme susto al pasar, nuestro hemisferio derecho estará trabajando. Pero si pensamos en un perro, cualquier perro, será nuestro hemisferio izquierdo el encargado de procesar el encargo.

Dicho de otra forma, el hemisferio derecho es el encargado de procesar las novedades cognitivas, mientras que el izquierdo se dedica a las conceptualizaciones. Ése es el grano de verdad, que se estira hasta casi reventarlo, en referencia a nuestras habilidades humanas: el arte se preocupa de manera especial con la experiencia concreta y específica, una mirada a los objetos de la creación como siempre nuevos, mientras que las matemáticas y el lenguaje son fundamentalmente abstracciones, ideas, conceptualizaciones.

Aunque es cierto que las estructuras cerebrales más activas durante el proceso creativo son el hemisferio derecho y el prefrontal, ubicado arriba de nuestros ojos, según lo explicado antes, también es cierto que no existe dentro de nuestro cráneo un sitio específico para la creatividad. Esta actividad, poco comprendida todavía, es sumamente compleja y requiere de la interacción finamente coordinada de muchas áreas del cerebro, además de las anteriormente mencionadas. Y no sólo eso, la creatividad es realmente un fenómeno social y no sólo individual, que necesita de la innovación cerebral, pero también de que lo nuevo sea relevante para los demás. Debo confesar que las imágenes que representan este mito me parecen muy hermosas, con su mitad que está de fiesta y su mitad que estudia y calcula. Un mito genial.

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