La disrupción educativa: innovando la innovación

“Innovador” debe ser el adjetivo más manoseado de nuestro tiempo. Ahora todo es nuevo o no merece ser ni mencionado. La novedad, como lo non plus ultra. Tal uso, que pretende dar sabor a todo y que va más allá de lo indiscriminado e ingresa a lo francamente demencial, resulta pronto insípido o empalagoso, por lo ambiguo y gastado del término.

Es indudable que la innovación es una necesidad de nuestros tiempos: como todo cambia a un ritmo frenético, es indispensable responderle con presteza y creatividad. Tal es el caso de la educación, sobre todo la de la niñez y la juventud. Como los aprendizajes informales — mediados por las tecnologías digitales y muchas veces invisibles— se trasforman frente a nuestros ojos, no queda otra opción a las instituciones que bailar al son sincopado del cambio permanente.

Por eso no hay sistema, política o estrategia educativa que no se califique a sí misma como innovadora. Y entonces no se sabe si es una propuesta nueva, con lo que ignoramos si es solo una moda engañabobos, o si pretende ser generadora de novedades, con lo que podemos sospechar de un irreflexivo juego de espejos con el mareo transformacional de nuestra época. Recordemos: nuevo y eficaz no es lo mismo. Lo que se requiere debe ser nuevo y eficaz.

Ahora tenemos una nueva cara de la innovación. Quienes estudian nuestra necesidad creativa de adaptación y propuesta se han dado cuenta de que es posible crear novedades que todavía tienen algún parecido con lo convencional; a esto se le llama innovación incremental. Un poco de lo viejo y un poco de lo nuevo. Por la vorágine de cambios que experimentamos todo el tiempo, ha resultado necesaria y deseable una nueva forma de innovar, una que se aleje totalmente de lo anterior: la llamada disrupción. Donde todo es nuevo. Es la innovación innovada y su origen es doble: parte de lo digital, maremágnum del cambio en bits y bytes, y de la mercadotécnica, océano de la plusvalía donde lo nuevo tiene valor en sí mismo.

La innovación disruptiva se ha convertido en una importantísima forma de crecimiento en el mundo empresarial, por lo que vale la pena reflexionar detenida y desapasionadamente en el fenómeno, para aprender de él desde el campo de la educación. Es importante notar que lo ha logrado por ser una efectiva estrategia de solución de problemas: cuando lo convencional deja de funcionar es deseable disponer rápido de nuevas y poderosas ideas para salir del atolladero. Su esencia radica en romper con lo convencional y en construir visiones retadoras y motivadoras de un futuro mejor. En ambos casos, hay un eco favorable para lo educativo.

Uno de los principales altos sacerdotes de la disrupción es el francés Jean Marie Dru. Él propone—en su libro The ways to new— un método para sistematizar la disrupción. En realidad este método es un antimétodo: el autor tiene mucho cuidado de no prescribir ni teorizar nada, además de utilizar una potable estrategia narrativa, basada en breves casos de innovación radical exitosa, para sugerir persuasivamente sus ideas. Resulta una forma que armoniza con su fondo. Para el mercadólogo francés basta con delinear tres etapas: el estudio detenido de la convención (el presente cotidiano e ineficaz), la creación de una visión arrobadora (el mejor mañana, o incluso el mejor ahora mismo) y el diseño de la disrupción que la haga realidad. Todo, con una sensatez convincente… para la mercadotecnia.

Sin dejar de atender esa advertencia, la lectura resulta iluminadora para la educación por su sugerencia de atrevimiento y liberación del pensamiento.  Dru propone ejercer sin piedad el poder incómodo de la pregunta hipotética: “¿Y si… entonces qué?”, presentada en quince formas de innovar disruptivamente. Por sí misma esta sugerencia sería muy enriquecedora para cualquier institución educativa, caracterizadas casi siempre por una rigidez monolítica y quebradiza.

Como el escribidor de estas líneas es profesor, sucumbió a la tentación del replanteamiento: de la mercadotecnia a la educación. Así, de la disrupción por apertura surgió la pregunta: ¿Y si las instituciones educativas se abrieran radicalmente a las sugerencias de sus usuarios?; de la disrupción estructural, la pregunta: ¿Y si todos los equipos de trabajo de una universidad fueran necesariamente interdisciplinarios?; de la disrupción basada en activos: ¿Y si una escuela se centrara en lo que hace y que ninguna otra puede hacer?; de la disrupción basada en datos: ¿Y si los servicios escolares hicieran minería de datos dentro de sus sistemas informáticos para conocer mejor a sus estudiantes y así atenderlos mejor?... Entonces, ¿qué? Liberadoras preguntas, sin duda.

Es necesario repetir la advertencia: la educación formal no es una empresa sino un derecho y una institución social. Sin embargo también es necesario remachar que es fuertemente conservadora: un sistema articulado débilmente, muy diverso, frecuentemente contradictorio y que tiene poca flexibilidad. Por todo esto es urgente la transformación dinámica de la educación, para ponerla en sintonía con la transformación global. Así que demos la bienvenida a la disrupción… para luego exigirle eficacia.

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