¿Innovar para educar o educar para innovar?
Todo
cambia a nuestro alrededor. Si esto ha sido cierto siempre —piénsese en
Heráclito, el filósofo griego que en la antigüedad sostenía que era imposible
bañarse en el mismo río porque este fluía todo el tiempo— lo es ahora más que
nunca: La transformación permanente y acelerada es el sello de nuestra época.
Requerimos con urgencia ideas, productos, servicios y soluciones que no solo
sean nuevos sino que además sean capaces de generar más cambios positivos. Es
por esto que necesitamos abordar el cambio permanente como reto y característica
de nuestro sistema educativo.
Lo
que necesitamos en educación es dejar de seguir a los cambios sociales, científicos
y tecnológicos, para liderar la transformación como un proceso estratégico;
pasar de una perspectiva de urgencia y reacción a otra, mucho mejor, de
planeación y creación. Queremos ser proactivos y proactivas.
La
innovación educativa es la forma de renunciar a la locura de hacer lo mismo y
esperar resultados diferentes. Como nuestro contexto cambia con vértigo, es
necesario buscar creativamente nuevas soluciones a los problemas apremiantes de
nuestras escuelas. La innovación educativa es la cordura que buscamos. Por otro
lado, el nuevo campo de la educación para la innovación busca preparar personas
para que sean capaces de desarrollar procesos exitosos de innovación en
cualquier área: profesional, social, técnica, de negocios o, incluso, educativa.
Es
obvio que necesitamos ambas estrategias: las instituciones educativas están
obligadas a intentar las trasformaciones que les permitirán adaptarse a
condiciones volátiles y urgentes, pero también necesitan preparar a las
personas para enfrentar este proceso desde una perspectiva táctica, que será la
mayoría del estudiantado. La educación para la innovación es entonces una
propuesta educativa que pretende formar innovadores en todas las áreas:
negocios, ciencia, tecnología, gobierno, sociedad… y por supuesto, educación.
Esta
educación para la innovación debe sustentarse en una transformación del plan de
estudios (el currículo), la forma en que se enseña (la pedagogía), la manera en
que se valoran los aprendizajes (la evaluación) y en la integración de
conocimientos, habilidades y valores para asegurar la pertinencia de lo
aprendido (la construcción de competencias).
Si
esto no cambia, nada puede cambiar en la escuela. Es la locura referida, la de
querer hacer lo mismo para esperar resultados diferentes. Dejemos atrás y para
siempre la demencia: hagamos cambios sustantivos en estas áreas, por el bien de
las y los estudiantes. Innovemos y formemos cuidadosamente a los innovadores
que tanto necesitamos.
Comentarios
Publicar un comentario