Poder a las aulas
“¿Y qué harías para poner
motor a tus estudiantes?”, me preguntó una compañera profesora. Se
refería a la opinión expresada por el escribidor de estas líneas acerca de lo
extraño de hablar sobre el empoderamiento de los estudiantes, de la necesidad
de que sean líderes de su propio aprendizaje. En esa opinión, había comparado a
estudiantes sin poder con autos deportivos con el cofre vacío. Ni los coches ni
los estudiantes pueden concebirse cabalmente sin sus propios motores.
Sin
embargo, ambos estuvimos de acuerdo: por la razón que fuese, en muchas
instituciones educativas los estudiantes dan la impresión de estar en un corralón
de autos de carreras, donde no pueden emplearse a fondo por falta de motor…
hasta que salen de la escuela con un arrancón que deja marcas de llanta en el
asfalto, metafóricamente hablando. De allí lo filoso de su pregunta. Tuve que
reflexionar.
Empoderar
estudiantes quiere decir diseñar actividades de aprendizaje en que las y los
estudiantes construyen y organizan su conocimiento, investigan mediante el
método científico, indagan en la historia, hacen análisis de los textos que
leen, escriben para pensar, comunican públicamente sus ideas… Cuando esto
ocurre, trae como consecuencia una
notoria mejoría en su rendimiento escolar. La razón es fácil de entender: educar
así implica una comprensión rigurosa y profunda en lugar de un aprendizaje
superficial basado en la memorización y la repetición de las opiniones del
profesor. Al trabajar así, los jóvenes se comprometen con su aprendizaje y
desarrollan perseverancia frente a las dificultades y resiliencia frente al
fracaso. También, como si fuera poco, se divierten más.
Para
lograr lo anterior es necesario un cambio radical en la forma de ser profesor. Sobre
todo, en la administración del trabajo: menos horas para dictar conferencias a
estudiantes pasivos, que solo escuchan, y muchas más para preparar actividades
interesantes, para colaborar con otros profesores en la integración armónica de
los aprendizajes y para asesorar a estudiantes autónomos. Nada de esto sale de
la manga de un mago ebrio; lo fundamenta el trabajo de filósofos de la
educación como el brasileño Paulo Freire y el norteamericano John Dewey.
No
deseaba quedarme en la reflexión teórica. Quería proporcionar una respuesta
práctica, capaz de llevar poder a los salones de clases. “Les propondría el desarrollo de un proyecto planteado y ejecutado por
ellos; los invitaría a presentarlo en un foro público, para que defendieran su
trabajo, y terminaríamos todo con un debate en que fuese necesario pensar
críticamente frente a todo el grupo…”, contesté finalmente, preocupado por
ser coherente. Mi compañera me miró, sonrío y señaló un lugar frente a su mesa.
Me senté a su lado. Había llegado el momento de empoderar…
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